A finales del siglo XV, en 1483, varios nobles que luchaban contra
los Reyes Católicos fueron apresados y condenados a ejecución pública en
la ciudad episcopal de Mondoñedo.
La mujer del principal de aquellos
nobles, el Mariscal Pero Pardo de Cela, aprovechó su parentesco con la
reina Isabel para visitarla con premura y arrancarle el compromiso de
indultar a los presos.
Con los indultos en la mano, Isabel de Castro, la esposa de Pardo de
Cela, inició un frenético retorno a Galicia, sabedora de que el tiempo
corría en su contra.
A la entrada de Mondoñedo, a la altura del puente
sobre el Valiñadares, la esperaban varios esbirros del Obispo de la
diócesis encargados de mantenerla entretenida el tiempo imprescindible
para que el verdugo ejecutara la pena.
Cuando Isabel de Castro entró en Mondoñedo, sólo pudo llorar la
muerte de su decapitado esposo.
Quizá el indulto le sirviera para
enjugar sus lágrimas.

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